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Cuentos clásicos, por qué no.

Mi relación con los cuentos clásicos es de amor odio y en este post os cuento por qué. De mi infancia guardo un recuerdo muy bonito de los cuentos. Cada martes ponen un  mercadillo en mi ciudad, y cuando yo era pequeña mi madre cada semana puntualmente visitaba el puesto de los libros y me compraba un cuento que me daba a la salida del colegio.

Eran cuentos con pocas hojas con la forma del dibujo de la portada, y a mí que ya sabía leer, me hacían una ilusión tremenda. Y cuando estaba de vacaciones y podía acompañar a mi madre a comprarlo ya era la pera.

Tengo estos cuentos guardados como oro en paño. El sastrecillo valiente, El patito feo, Caperucita Roja… Fueron mis primeras lecturas por mí misma junto a los cómic de Mortadelo y Filemón y los tengo un cariño especial.

El tiempo pasó y cuando me convertí en madre, nada más nacer A, una amiga nos regaló un libro con las historias clásicas de los Hermanos Grimm en una encuadernación muy bonita y enseguida me visualicé contándole estos cuentos en cuanto creciera un poco.

Como os conté aquí, nada más nacer A empecé a hacerle una biblioteca con los cuentos que más me gustaban. El mundo editorial infantil está viviendo una era dorada y hay muchísimas opciones y cuentos realmente fantásticos. Siempre te querré, pequeñín, Adivina cuanto te quiero, Abrazos para ti… El libro de los cuentos clásicos quedó en el olvido y fueron estos cuentos los que protagonizaron nuestras primeras lecturas como madre e hijo.

Un día nos tropezamos con el libro de los cuentos y A me pidió que se lo leyera. Lo hojeé un poco por encima y elegí El patito feo porque ninguna de las opciones me gustaba para un niño de dos años, que era la edad que tenía A entonces.

El cuento tenía varias crueldades innecesarias que yo obviaba mientras leía pero más o menos era adaptable. El resto de las historias cuando las leí me parecieron horribles.

Son historias de otra época, en la que las personas vivían atemorizadas por los animales (lobos, osos…) y las mujeres y los niños vivían oprimidos. Una sociedad agraria, machista y emocionalmente analfabeta con unos valores en los que no creo y no quiero transmitir a mis hijos.

Cuando somos niños aún no hemos desarrollado la suficiente capacidad crítica para discernir lo que nos daña de lo que nos beneficia. Escuchamos y leemos historias y hacemos nuestras propias interpretaciones sin pararnos a valorar si las cosas podrían ser de otra manera.

Ante todo esto, el libro volvió a la estantería alta en la que estaba, y seguimos con cuentos que nos entretenían y transmitían de acuerdo a nuestro modo de entender la vida.

Siguió pasando el tiempo y A empezó el colegio. Ya conté en el blog cuando os hablamos aquí del inicio del cole, que ahora es costumbre poner dibujos animados  en clase a los niños (algo con lo que estoy completamente en desacuerdo, por cierto), entre ellos los cuentos clásicos. Los tres cerditos, Caperucita Roja, Hansel y Gretel, Pinocho… Vanesa Gangoso de Tejiendo Nubes nos contó en su Taller de Disciplina Positiva la forma que tienen los niños de integrar la realidad. Ellos ven una situación, hacen una interpretación y de ahí se forman una creencia. A partir de la creencia actúan. El ejemplo clásico es que venga un hermanito nuevo a casa, los papás hagan mucho caso al bebé y el hermano mayor crea que tiene que comportarse como un bebé para que sus padres le quieran.

Pues bien, las interpretaciones que un niño de 3 años hace de los cuentos clásicos son: que estando en casa puede venir un lobo a comerte (Los tres cerditos), que si paseas por un bosque puede venir un lobo a comerte, otra vez (Caperucita Roja) – la pregunta “mamá ¿aquí hay lobos?” se ha convertido en un clásico de nuestras escapadas – , que tus padres te pueden dejar abandonado en un bosque (Hansel y Gretel) y así un largo etcétera.

Todo esto acompañado de un miedo enorme a los lobos y a las brujas. ¿De verdad es necesario exponer a los niños a estas historias? Se ha hecho toda la vida, y precisamente por eso, ya va siendo hora de cambiarlo. De evolucionar y aprender con contenidos que nos enriquezcan y no nos atemoricen ni nos enseñen lo que nos puede pasar si nos salimos del camino marcado (no os perdáis este vídeo de YouTube con lo que nos llevan transmitiendo generación tras generación con el cuento de Caperucita, se me ponen los pelos de punta cada vez que lo veo).

Nosotros en casa hemos optado por contrarrestar con los cuentos de la editorial Érase dos veces, donde las brujas son mujeres sabias, los lobos animales bondadosos y a los niños les gusta explorar el bosque. A ya sabe que hay dos versiones de Caperucita Roja, la del lobo bueno y la del lobo malo. ¿Y a qué no adivináis cuál le gusta más?

Arantxa.

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