El mejor ejemplo

Siempre oímos que lo mejor que puedes hacer por tus hijos es dar ejemplo. Que no sirve de nada predicar porque los niños aprenden por imitación y sobre todo de las figuras de referencia, que son sus padres.

Después ese niño crecerá y se convertirá en un adulto que tomará sus propias decisiones y elegirá cómo comportarse en la vida. Nosotros habremos hecho nuestro trabajo y él será el que escoja su camino. A lo mejor decide convertirse también en padre y entonces seguramente empezará a recordar y a plantearse cómo le educaron a él, y si es lo que quiere para sus hijos.

Llegados a este punto, las personas solemos tirar por dos opciones, ambas contrapuestas. O seguir lo que nos enseñaron y criar con los patrones que interiorizamos de niños o hacer todo lo contrario y optar por una crianza completamente opuesta a la de nuestros padres.

En mi caso, la gente se sorprende cuando digo que para mí el mejor ejemplo de crianza es el que me dio mi madre. Si hoy día ya es ir a contracorriente (aunque afortunadamente, cada vez menos) optar por una crianza respetuosa, supongo que hacerlo hace 35 años era una temeridad.

Y no estoy hablando de teta, colecho y porteo. Éstas son opciones que a día de hoy sabemos que son beneficiosas para los bebés pero en absoluto son garantía de criar con respeto. Criar con amor significa atender a tu hijo siempre que lo necesite, darle opciones para que tome sus propias decisiones en función de sus posibilidades, respetar su forma de ser sin forzar ni criticar lo que no nos gusta de ellos, no comparar y no pensar que un niño actúa de mala fe, sino porque no sabe hacerlo de otra manera y es nuestro deber guiarle y ayudarle.

Los primeros recuerdos que tengo de la mano de mi madre son los paseos para ir a comprar telas que yo misma elegía y con las que ella cosía mis vestidos. No debía tener más de 2 años, pero era una forma de reforzar mi autonomía, mi criterio y mi confianza.

Igualmente, la primera vez que oí hablar de la crisis de los 9 meses (cuando acaba la exterogestación y el bebé se da cuenta de que es una persona distinta a su madre) fue cuando mi madre me contó cómo la vivió conmigo y se quedaba a mi lado hasta que dejaba de llorar.

Antes no se tenía tanta información, los médicos eran dioses y, además, el “no lo cojas que se acostumbra” estaba en pleno auge, por eso me parece aún más valiente que fuera capaz de seguir su instinto para cubrir las necesidades de sus hijos (en el hospital se escondía de los sanitarios para darnos el pecho tanto a mí como a mi hermano, siendo ella misma sanitaria del hospital).

Otro hecho que siempre sorprende es la educación que tuve sin premios ni castigos. La disciplina positiva está consiguiendo a día de hoy que esta opción se valore por las indudables ventajas que supone para que el niño desarrolle su propia disciplina interna. Si yo pedía algo de pequeña y era razonable, me lo compraban porque sí, porque me querían y punto. No por haberme portado bien o por haber sacado buenas notas. Si no era razonable había que esperar al cumpleaños o Navidad, o ahorrar en la hucha hasta que pudiera comprármelo yo misma.

El tema de los castigos es algo que hablamos ya cuando yo fui adulta y su razonamiento era que recordaba lo mal que ella se había sentido en una etapa de su vida en la que la castigaban, y no quería que nosotros nos sintiéramos así. Porque ella sí optó por cortar el patrón que habían usado con ella, de mano dura y disciplina no positiva precisamente, y darnos a nosotros la crianza que ella hubiera querido.

Hoy sabemos que los castigos generan sentimientos de rechazo, ira y resentimiento, nos lo dice la neurología, y también sabemos que no es la mejor forma para conectar y reconducir a nuestros hijos.

Supongo que hay personas que tienen una sensibilidad especial y son capaces de adelantarse a las circunstancias de su tiempo. Para mí, mi madre era una persona excepcional que siempre destacó por su bondad, su dedicación a los demás, y especialmente a sus hijos. Era atenta, cariñosa y, para nosotros, sin duda, la mejor madre del mundo.

No he tenido la suerte de que mi madre pueda acompañarme en la crianza de mis hijos, pero me siento inmensamente afortunada de haber sido criada por ella y del ejemplo que me dio. Cuando dudo y no sé para dónde tirar, siempre pienso qué haría ella y encuentro la luz.

Arantxa.

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