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«Eso no se dice así», por qué no corregir a los niños

Algo que me llama mucho la atención en la manera de tratar a los niños de la mayoría de los adultos son las faltas de respeto que se cometen. Como si los niños no fueran personas con sentimientos a los que se puede herir con palabras.

Los “calladito estás más guapo”, “llora todo lo que quieras”, “¡qué niño más pesado!”… Y demás frases, que jamás se nos ocurriría decirle a un adulto, los niños las oyen y sufren continuamente por parte de sus personas de referencia, las que deberían guiarles y protegerles. Pero además, cualquiera que pasa por la calle se cree con el derecho de reconducir a un niño, sea asunto suyo o no, y muchas veces te encuentras escuchando este tipo de comentarios hacia tu hijo de un absoluto desconocido.

Dentro de estas faltas de respeto, hay una que me hiere especialmente, y son las correcciones que muchas veces van a acompañadas de ridiculización, cuando un niño está aprendiendo a hablar y pronuncia mal una palabra.

No se dice sabo, se dice sé

Mira! Ha dicho riceronte. Se dice rinoceronte

Mira dice yo cabo. Qué gracioso!!

Y así en bucle a lo largo de todo el día. Es evidente, o a mí me lo parece, que si un niño pronuncia pelúquila en lugar de película es porque aún no tiene la madurez suficiente para ordenar correctamente el orden de las letras en su mente. Y por mucho que desde fuera intentes corregirlo, es un trabajo de interiorización del lenguaje que cada persona hace a su ritmo. Esa corrección, que normalmente se hace delante de todo el mundo, lo único que puede producir es vergüenza a un niño que está en pleno proceso de aprendizaje, y hacerle sentir mal por no saber hacer algo para lo que en realidad no está preparado.

A ninguna se nos ocurriría corregir así a una amiga extranjera que se está esforzando por expresarse en nuestro idioma. Si esa persona nos pregunta, estaremos dispuestos a ayudarle, pero ni mucho menos nos ponemos a señalar en alto los errores que está cometiendo y a reírnos de lo gracioso que resulta. Cuando alguien se esfuerza en dominar algo nuevo lo animamos y felicitamos por sus logros y sus avances.

Yo he visto a mi hijo bajar la mirada y avergonzarse cuando otra madre le ha corregido una palabra que se entendía perfectamente. Se nos olvida que al otro lado hay un niño cuya valía se está minando. Ante esto, yo siempre le digo a mi hijo que responda que está aprendiendo. Todavía no sabe decirlo, pero es seguro que lo aprenderá.

Hace años, antes de estrenarme como madre, una amiga me contó que en su casa siempre estaban corrigiendo su manera de hablar, algo que la hacía sentir mal. Así que había tomado la determinación de no cometer el mismo error con su hijo, que en ese momento estaba en pleno proceso de dominación del lenguaje. Lo que hacía era repetir la palabra bien dicha en el contexto de la conversación que estaban teniendo.

Por ejemplo, si el niño decía “me lo he comido to, mamá”, ella decía “¡Anda! Es verdad te lo has comido todo!”.

Sin señalar, sin “así no se dice”, sin hacerle repetir bien la palabra. Simplemente mostrando el uso correcto sin darle mayor importancia.

Y me pareció una idea genial que me anoté mentalmente para cuando fuera madre. Los niños aprenden a hablar igual que aprenden a andar, sin que nadie les enseñe. Lo único que necesitan es un entorno apropiado y oportunidades para ensayar sus nuevas habilidades.

Creo que nuestro trabajo es acompañar a nuestros hijos en su proceso de maduración, estando ahí para apoyarles y guiarles cuando lo necesitan, pero no para señalar sus errores y hacerles sentir mal por ellos. Sus sentimientos son tan valiosos como los de cualquier adulto, pero además una parte fundamental de nuestra misión es ayudarles a construir una buena autoestima.

Y cómo se vean reflejados en nuestra mirada y en nuestras palabras será clave en la construcción de su voz interior, la que les dirá “¡adelante!, sigue intentándolo” cuando se equivoquen o “déjalo, no vales para nada”.

Arantxa.

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