Mamitis, apego y vínculo seguro

Volvemos a la carga después del descanso de las Navidades que tanta falta nos hacía a todos, niños y mayores. Esta temporada será un poco de ajuste entre las necesidades de nuestras vidas ahora mismo (mi vuelta al trabajo y los estudios de Rocío), como os contábamos justo antes de las vacaciones, y la marcha del blog. Seguramente el ritmo sea más bajo, aunque nuestra intención es seguir publicando cada semana y mantener esta ventana abierta, que tanto nos motiva.

Y hoy quería hablar de una cuestión que muchas veces nos han preguntado. Tener un blog no te convierte en experta. Nosotras no somos maestras ni psicólogas. Lo que sí somos es madres primerizas con pocos referentes, o ejemplos que no queríamos seguir en nuestra crianza, y que nos informamos para intentar hacer nuestro papel lo mejor posible.

Y todo lo que aprendemos nos gusta compartirlo por aquí, porque sabemos lo bien que viene una ayuda y una nueva visión en todo lo que afecta a la maternidad. Pero esto no significa que siempre sepamos cómo actuar ni mucho menos aconsejar en otros casos (excepto quizá en lactancia, que para eso sí que nos hemos formado y somos asesoras).

La pregunta estrella a la que me estoy refiriendo es “mi hijo no se separa de mí, tiene una mamitis…, yo ya no sé cómo hacer para que sea más independiente”. Ante estas situaciones yo tengo mis ideas claras y sé lo que haría en mi casa, pero suelo cuidarme mucho de responder. Porque no siempre queremos oír la respuesta a lo que preguntamos.

La respuesta es muy sencilla. Tú hijo te necesita, presente y entera para él. Y muy compleja a la vez.

Creo que la mayoría de las madres hemos tenido que soportar los típicos comentarios de “este niño está enmadrado”, “no quiere a nadie más que a su madre”, “menuda mamitis tiene, ¿y qué vas a hacer cuando te vayas a trabajar? ¿llevártelo?” “¿por qué no le dejas en el carro si ya se ha dormido?”.

Yo ya voy por la segunda ronda de este tipo de frases con L. Al principio intentaba explicar la fase en la que se encontraba mi hijo, la exterogestación, la formación del vínculo, etc. Ahora me limito a sonreír y decir “sí, me quiere mucho y yo a él” o “me gusta tenerla en brazos, de aquí a dos días ya no se dejan”.

Hay mucha teoría detrás de todo esto, pero lo fundamental es que si estamos conectadas con nosotras mismas y con nuestros bebés y niños pequeños, lo que nos pide el cuerpo es darles cobijo, abrazarles y acompañarles en todo lo que nos pidan. Aportarles la seguridad que todavía no tienen para que puedan desenvolverse, sin presiones ni expectativas. Y para esto hay que hacer muchos oídos sordos.

La Teoría del Apego de John Bowlby y Mary Ainsworth (puedes ver en YouTube vídeos de los experimentos de Mary) dice que existen tres tipos de apego: seguro, evitativo y ambivalente. Cuando un niño se enfrenta a una situación extraña el niño puede buscar el cuidado y protección de su madre o cuidador primario en el primer caso, no tener ninguna respuesta visible sin esforzarse por mantener el contacto con la madre en el segundo o mostrar ambivalencia, rabia, buscar el contacto y rechazarlo cuando lo consigue en el último caso.

Estas respuestas dependerán de los cuidados que la madre ha proporcionado al niño en la primera infancia, mostrándose atenta y solícita formando un vínculo seguro, no mostrando respuesta ante los lloros e irritación del niño o reaccionando de forma inconsistente o solo cuando la demanda ya es muy acuciada.

Leyendo los párrafos anteriores todos querríamos desarrollar un vínculo emocional seguro con nuestros hijos, que le proporcione autoestima y confianza en sí mismo para ser una persona feliz en el futuro con relaciones sanas y satisfactorias.

El amor incondicional es la clave. No solo durante la etapa de bebé y no solo con la teta, el colecho y el porteo. Estas prácticas nos facilitarán el cuidado pero no son ni imprescindibles ni suficientes. Lo que no le debe faltar a nuestros hijos es nuestra disponibilidad emocional, nuestro apoyo, nuestros brazos.

No desaparezcas, explícale que te marchas a trabajar y despídete siempre. No niegues sus sentimientos (enfado, tristeza, rabia) ni dejes que llore solo, consuélale y acepta sus emociones. Obsérvalo y deja que explore aportándole la seguridad que necesita sin interferir. En definitiva, muéstrate accesible y dispuesta para ellos, sigue tu intuición y no te culpes. Nunca es tarde para empezar.

Arantxa.

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