Nuestra experiencia con el destete definitivo (Parte 2)

Como ya contamos en otro post, a los 13 meses realicé el destete nocturno con M. Fue una decisión mía, los continuos despertares cada 30 minutos me tenían agotada y mi cuerpo necesitaba un descanso.

La verdad es que fue más fácil de lo que imaginaba, como dice Arantxa en su post anterior siempre en nuestra cabeza se hace más duro de lo que luego resulta ser.

De esta manera pudimos continuar con nuestra lactancia por el día con total normalidad, y ambos seguir disfrutando de esta bonita etapa.

Con los meses se fueron eliminando tomas casi sin darnos cuenta, tomas que dejó de pedir, como por ejemplo la de volver de la guarde o la de despertarse por la mañana.

Y así llegamos a los 20 meses, donde ya sólo nos quedaba la toma de antes de dormir, una toma que a los dos nos gustaba disfrutar al final del día, donde ambos nos relajábamos antes de dormir.

En ese momento yo ya estaba embarazada de 3 meses, y las cosas empezaron a cambiar. En este segundo embarazo yo me encontraba muy agotada, empecé a vomitar prácticamente todas las comidas del día lo que me debilitaba aún más, y si a eso le sumamos la sensibilidad del pecho por el embarazo que hacía que me doliera cuando se agarraba mi hijo a mamar, hacia que ya no disfrutara de ese momento.

Habíamos llegado a un punto en el que yo no me sentía cómoda con la lactancia, no disfrutaba como antes, y sentía que debíamos dejarla ahí.

Si bien es cierto que no hay límite de edad para dar el pecho a nuestros bebés, que todo lo contrario, que la lactancia materna está demostrado que es el mejor alimento para ellos, y que la lactancia en tandem tiene grandes beneficios como el vínculo entre hermanos, no me sentía preparada para darle de mamar hasta los 4 años, teniendo en cuenta que a su hermana quería darle también otros dos años aproximadamente.

Tenía claro que si empezábamos una lactancia en tandem no podía pasados unos meses decirle al mayor que él ya no, o no al menos en público, y su hermana sí. Obviamente no lo hubiera entendido, ni tampoco sería justo para él e incluso podría crearle celos hacia su hermana.

Hay que reconocer que vivimos en una sociedad en el que se hace raro ver a un niño de 2 años tomando pecho, a pesar de que sea la recomendación de la OMS y estar demostrado en múltiples estudios sus grandes beneficios. Pero escenas de niños mayores (3-4 años o más) mamando en público siguen siendo situaciones poco habituales que acaparan muchas miradas, y se que no me sentiría cómoda ante esas situaciones.

En mi caso no me sentía preparada para alargar la lactancia más allá de los dos años, no me apetecía, y tampoco me siento mal por ello, creo que es cosa de dos, y más cuando es una decisión informada, en el que la madre tiene toda la información y hace las cosas desde el conocimiento.

Pero lo que tenía claro es que quería que mi hijo lo entendiera, que lo aceptara, hacerlo de la forma más respetuosa posible y que no lo pasara mal.

Empecé a “mentalizarle”, a decirle que el ya era más mayor, que el tenía ya dientes para poder comer lo que quisiera, y que dentro de unos meses llegaría un nuevo bebé a la familia, que los bebés chiquititos no tienen dientes y que sólo pueden comer teta, pero que él podía ya comer un montón de cosas porque era mayor.

Él poco a poco fue asimilando el discurso, le decía a su profe en la guarde que él ya no iba a tomar más teta porque tenía muchos dientes, y llegó una noche en la que como siempre me pidió teta, recordé lo que habíamos hablado, con humor le dije que me enseñara los dientes, y que a partir de ahora bebería la leche en vaso como los mayores, entonces se tumbó, me abrazó y dormimos. Como ya conté en el post anterior fue muy importante mantener el colecho, que él sintiera que su madre no le rechazaba, y que seguía a su lado.

También tuvimos que utilizar nuevas rutinas, hasta la fecha como casi todos los bebés se solía dormir “a la teta”, pero ya no había teta para dormirse, y también hacía unos meses que habíamos quitado el chupete, por lo que recurrimos a los cuentos.

Primero tocaba el “cuento ilustrado”, juntos en la cama leyendo el cuento que él previamente había elegido y viendo todas sus imágenes, y al finalizar, necesitaba algo más para dormir. Nunca ha tenido ningún muñeco de apego ni nada similar, por lo que cada noche elige algo nuevo para dormir, un animalito, un muñequito, un coche… lo que se le venga a la cabeza!, y mientras sostiene un juguete en cada mano, se pega a mí y yo le cuento cuentos o historias hasta que se queda dormido.

Al principio aprovechaba esos ratitos de “historias” para contarle la rutina del día, repasábamos todo lo que habíamos hecho durante el día, lo bien que lo habíamos pasado y cómo nos habíamos sentido en distintas situaciones, y después le contaba lo que haríamos al día siguiente. Pero poco a poco fue pidiéndome que le contara cuentos “de verdad”, y fui adaptándome a sus peticiones.

Rocío

 

Este post tiene dos partes, si quieres leer la primera parte con la experiencia de Arantxa pincha aquí.

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