Peso y embarazo ¿nunca acertamos?

Siempre he sido una persona delgada. No soy de comer mucho pero además si tengo algún problema serio se me cierra el estómago por lo que me quedo aún más delgada y con el estrés igual, tiendo a adelgazar más todavía.

Hay gente que piensa que es una suerte porque no tengo que lidiar con la báscula, yo creo que cada una tenemos nuestro cuerpo y que todo tiene ventajas e inconvenientes. No como cualquier guarrería, intento comer sano, pero sí que es cierto que los caprichos que me doy no suelen pasarme factura.

Cuando me quedé embarazada por primera vez tuve que hacer varios cambios en mi estilo de vida como la gran mayoría. Dejar el alcohol, los embutidos y el tabaco… definitivamente. Esto supuso que me tirara más al dulce lo que sumado al hambre voraz que tenía en el primer trimestre hizo que cogiera 5 kilos en los primeros tres meses.

Cuando me tocó la revisión con la matrona y me pesó empezaron las malas caras… Que si había cogido mucho peso, que no podía seguir así, que me iba a tener que poner a dieta… Me dijo que tomara galletas María y cereales en el desayuno, la alimentación sana no era su fuerte. Hasta que me harté y le pregunté ¿pero tú me ves gorda? Pesaba 55 kilos con los 5 que había cogido (y mido 1,68). Y me dijo: no, no si estás muy bien. ¿Entonces?

Ya sé que las tablas dicen que en el primer trimestre hay que engordar tanto y en el segundo no sé cuánto. Pero no todas las mujeres somos iguales y cada cuerpo tiene unas necesidades específicas. Esto que es tan evidente, se debe olvidar en la facultad de medicina.

Al final engordé unos 15 kilos a lo largo de todo el embarazo que mes y medio después del parto se habían ido. De hecho, después de tener a A me quedé más delgada que nunca y no recuperé mi peso habitual. Los médicos siempre lo achacaban a la lactancia y yo siempre les respondía que no, que era el estrés de ser madre, trabajar, llevar una casa… la vida, en definitiva.

Y llegó mi segundo embarazo. Al cumplir el primer trimestre me pesaron, pero esta vez las advertencias vinieron por el otro lado. Estaba por debajo del Índice de Masa Corporal. Así que eso, unido a mis antecedentes en el parto anterior, me llevaban directa a Alto Riesgo.

Esta vez la ginécologa fue bastante más suave, entendía que yo era delgada (lo de no poder desfilar en Cibeles por estar por debajo del IMC es una coña que me han hecho siempre) y que mi cuerpo era así. Pero durante todo el embarazo cuando me pesaban, el ginecólogo de AR celebraba cada kilo que cogía como si hubiera marcado un gol.

En este embarazo cogí unos 11 kilos, teniendo en cuenta que llegué solo hasta las 37 semanas, creo que si hubiera llegado a las 40 habría cogido más o menos lo mismo que en el anterior. Esta vez tardaron un poco más en irse, pero a los pocos meses y con los hipopresivos y el pilates me volví a encontrar en mi peso de nuevo.

En uno por pasarme y en el otro por no llegar en ambos embarazos los profesionales sanitarios cuestionaron mi peso y, con ello, mi cuerpo.

Y sé que no soy un caso aislado. Este año dos amigas mías han estado embarazadas, una más delgada y la otra con más kilos. Pues las dos, cada una por su lado me contaron cómo salieron de la consulta sintiéndose fatal y muy asustadas por todo lo que les habían dicho que le podía pasar al bebé en un caso y en el otro.

No estoy hablando de mujeres con problemas de anorexia u obesidad, hablo de unos kilos de menos y unos kilos de más. De una 34 y una 42. ¿De verdad es necesario que todas las mujeres nos ajustemos a un patrón y hacernos sentir mal si no llegamos? En un momento tan bonito e ilusionante como es el embarazo ¿hay que ensombrecerlo con riesgos y suposiciones que no tienen por qué pasar?

Las mujeres siempre estamos en el punto de mira por nuestro cuerpo, por cuidarlo demasiado o no hacerlo lo suficiente, por gordas o flacas, por enseñarlo o esconderlo. Al final estos discursos no son más que una continuación de la sociedad patriarcal que nos trata como si fuéramos unas niñas irresponsables y a las que hay que llevar por el buen camino.

Si no hay ningún problema, disfrutemos de nuestro embarazo y nuestro cuerpo. Es físicamente quizá el momento de mayor esplendor de nuestra vida. Llevémoslo con orgullo.

Deja un comentario

*