ADOSlescencia y bote de la calma

La entrada en la aDOSlescencia de A está siendo todo un reto para mí como madre. Supongo que por mucho que te prepares y te sepas la teoría, es inevitable que te remueva tanto drama y explosión de emociones.

Desde que cumplió el año más o menos, las lecturas de crianza y maternidad las dirigí en cierto modo al tema del acompañamiento de las emociones y de la gestión de rabietas. Leí Ni rabietas ni conflictos de Rosa Jové, El cerebro del niño de Daniel J. Siegel (recomendación indispensable) y releí las partes más relacionadas con este tema de Bésame mucho de Carlos González.

La teoría te la sabes y desde la tranquilidad del sillón todo se ve clarísimo. No hay más que empatizar, dar opciones y acompañar. No sé a qué viene tanto revuelo en los grupos de madres con las dichosas rabietas.

Pero llega la realidad, y como suele pasar en esto de la maternidad, te rompe todos los esquemas. Cuando el drama viene por no querer lavarse los dientes, por ejemplo, no hay más opciones que empezamos por arriba o por abajo. Y normalmente no son lo que el niño espera que le ofrezcas. Además, es tarde, hay que acostarse y el cansancio de todo el día se acumula tanto para ti como para él.

Total, que lo de empatizar y acompañar ni te acuerdas de lo que significa, y el drama está servido.

También es cierto, que dos o tres de éstas te enseñan más sobre el comportamiento humano y el tuyo mismo, que cualquier máster. Aquí sí que la experiencia es un grado y el aprendizaje como madre gestora de rabietas es rapidísimo.

¿Pero qué hacer cuando estamos en el momento álgido y nada parece mejorar la situación? Si estamos en casa, un buen recurso es el bote de la calma, que estas Navidades hemos aprovechado para hacer en casa.

Unas semanas antes lo intentamos con agua, glicerina y brillantina pero el resultado no fue el esperado. La brillantina se quedaba pegada a las paredes y no subía ni bajaba nada. Así que fue al segundo intento cuando conseguimos lo que esperábamos.

Los materiales que utilizamos esta vez fueron:

  • Un bote de plástico (aún no me atrevo con un bote de cristal porque recordemos que es para los momentos de ofuscación).
  • Agua caliente.
  • Pegamento con brillantina (lo compré en Flying Tiger).
  • Aceite corporal.
  • Pintura MALA de IKEA para teñir el agua.

Echamos el pegamento en el fondo del bote, teñimos el agua caliente con acuarelas, pintura o colorante y añadimos al bote. Removemos para que se disuelva el pegamento y terminamos de rellenar el bote (el último tercio) con aceite, glicerina o jabón transparente. Por último, pegamos la tapa para que no pueda desenroscarla y sumar otro drama más al asunto.

Antes de ofrecérselo en plena rabieta o momento de tensión, deberíamos presentárselo al niño, explicándole cuál va a ser su función.

Previamente el niño debe tener algún conocimiento de las emociones, saber identificar cuándo está triste, contento o enfadado. Más o menos a partir de los 2 años es un buen momento. Para llegar a ésto, además de cuentos como El Monstruo de Colores, es muy importante que nosotros como padres le observemos y pongamos palabras a lo que siente hasta que él mismo sepa expresarlo.

De esta manera, como el niño ya sabe qué siente cuando está enfadado, le daremos el bote y lo moveremos enérgicamente, mezclándose todo, y explicándoles que cuando perdemos el control por un enfado o porque sentimos rabia, nuestras emociones también se agitan y se mezclan, al igual que en el bote.

Sin embargo, si nos paramos a respirar y nos concentramos en algo como mirar cómo se separan las fases de nuestro bote de la calma, poco a poco iremos recuperando el control y podremos expresar nuestro enfado de forma tranquila.

No es magia y no es infalible. No vamos a pasar de tener un niño ofuscado a un niño razonable y comprensivo, pero sí que es una herramienta para que aprendan desde pequeñitos a observar y gestionar sus emociones. Un aprendizaje que les servirá toda su vida.

Arantxa.

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