La famosa aDOSlescencia (2ª Parte)

Hay una corriente que afirma que la aDOSlescencia o los terribles dos no existen. Que en realidad somos los padres los que cuando nuestros hijos son bebés les permitimos hacer todo lo que quieren pero que cuando crecen les intentamos poner límites y por ello, los niños responden desafiándonos.

Yo no estoy para nada de acuerdo con esta teoría. Según mi experiencia personal no tiene nada que ver un niño cuando tiene un año con el mismo niño a los dos años a la hora de educarle. Primero por la explosión del lenguaje, de repente ese niño que hace nada era un bebé es capaz de expresarse y decirte lo que quiere y también lo que no. Y también por su necesidad constante de autonomía y autoafirmación.

En casa siempre hemos tenido las mismas normas y rigen para todos. Algunas parecerán muy estrictas y otras muy laxas porque cada uno tenemos nuestra propia vara de medir, pero lo que hemos experimentado es que la respuesta de A no ha sido la misma según la etapa en la que se encuentre. Y somos nosotros los que nos hemos tenido que adaptar.

Emocionalmente es difícil. Como dice Rocío en su post, te preparas para las rabietas que es la parte quizá más visible. Pero en el caso de A tampoco han sido los berrinches el mayor problema, si no la guerra de desgaste, como yo la llamo. Pelear cada pequeña decisión: la ropa (calcetines, calzado, pantalón…) que nos ponemos, la pasta de dientes, con qué peine nos peinamos, el vaso del desayuno, el tipo de leche, el sitio en la mesa para desayunar… y así hasta el infinito.

Algunos días era (o todavía es) agotador. Todo depende del nivel de humor y paciencia que nosotros tengamos. Porque las cosas que un día te hacen gracia al siguiente te pueden parecer desesperantes.

Y lo único que ha cambiado es tu estado de ánimo. Ellos solo cumplen con su deber de aDOSlescentes de cuestionarlo todo para buscar su sitio en el mundo. Somos nosotros como padres los que debemos aportarles la seguridad necesaria de que estamos aquí para guiarles firme pero amablemente.

Yo también tuve un punto álgido de estrés en casa por el comportamiento de A como le pasó a Rocío con M. Además de la guerra de desgaste, los desafíos eran constantes por todo o por nada. Me encontraba a ciertas horas sola con él, con una barriga creciendo por momentos, y teniendo que obligarle a ciertas cosas como vestirse y luego sintiéndome fatal.

Había leído mucho sobre disciplina positiva pero la puesta en práctica no me estaba resultando como yo esperaba. Y ahí fue cuando releí el libro que más tarde regalé a Rocío, Los niños malos no existen. Hay veces que tienes que dar con la información en el momento adecuado para entenderla y asimilarla. Ya había leído este libro hacía tiempo pero no fue hasta ese momento cuando fui capaz de entender que el niño necesita unos padres seguros y fuertes que le guíen desde la calma.

Si ellos ven que con su comportamiento son capaces de desestabilizarnos van a seguir por ese camino comprobando hasta dónde pueden llegar. No es sencillo, pero entender que enfadándote solo empeoras la situación es un gran paso para dejar de hacerlo.

No se trata de dejarle hacer lo que quiera. Se trata de poner los límites necesarios para la convivencia y para su desarrollo pero sin acritud ni malas palabras ni, por supuesto, gritos o castigos.

Es mucho mejor cogerle de la mano y acompañarle para que se lave las manos ante una negativa a nuestra solicitud, que repetir una y mil veces “qué te laves las maaaaaanos” mientras nuestra paciencia va disminuyendo peligrosamente.

Para una madre primeriza los dos años es una etapa realmente desafiante. Yo me fijaba mucho a mi alrededor, y veía a todas las mamás primerizas como yo, sobrepasadas por su aDOSlescente. Mientras, las que lo estaban viviendo por segunda o tercera vez afrontaban la situación con mucha más calma. La experiencia ayuda, por supuesto. Y el saber que tu hijo no se va a quedar en este estado para siempre ni va a necesitar ir a hermano mayor porque no hemos gestionado bien una rabieta, también.

Muchas veces estamos tan tensas porque creemos que cada situación es crucial y marcará su futuro para siempre. Pero la disciplina positiva también nos enseña que cada conflicto es una oportunidad nueva para aprender. Ellos y nosotros. Y si nos hemos alterado, no pasa nada por reconocerlo y pedir perdón.

La maternidad en sí es un desafío y los dos años una prueba de fuego para nuestra paciencia y estabilidad emocional, pero poco a poco el esfuerzo va dando sus frutos. Hasta que llega otro bebé y vuelve el caos. Aunque esa es otra historia que mejor os cuento otro día.

Arantxa.

 

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